Skip to main content

Recordando una meditación de D. Abundio para vivir la Semana Santa

Ante la proximidad de la celebración de Semana Santa, nos ha parecido oportuno, recordar la meditación que D. Abundio, con motivo de la celebración de Los dolores gloriosos de la Virgen, ofreció a las Vanguardias de Santa María el 14 de septiembre de 1952.

D. Abundio, fiel a su estilo práctico, claro y directo nos apunta claves de seguimiento para aplicar en nuestra vida cotidiana.

Es preciso comentar que el texto publicado fue tomado a taquigrafía por lo que no lo leeremos con la cautela de saber que no es un texto escrito directamente por D. Abundo sino por una militante que escuchó la meditación y la fue fielmente taquigrafiando.

MEDITACIÓN:

Mañana es una fiesta litúrgica muy bonita y humana. La fiesta de los Dolores Gloriosos de la Virgen.

La gloria del dolor de la Virgen. Hay vemos el dolor bajo su manto de gloria. ¡Qué grande es nuestra Madre cuando sufre junto a la Cruz! Cuando María es proclamada oficialmente Madre espiritual de los hombres, allí está con su dolor de madre fecunda y gloriosa.

Ya sabéis lo que Jesús contestó a María en Caná: «Jesús, no tienen vino». «Mujer, ¿a ti y a mí que nos va en esto? Aún no ha llegado la hora». Y, ¿qué hora era esa? ¿Cuándo todos tendrán un punto de contacto con Jesús y María? «Cuando tú seas Madre, entonces todo te importará». «Cuando yo sea Salvador entonces me ocuparé de todo». Pero Jesús se levanta y hace el milagro como diciendo: «Ahora que no tenemos obligación lo hacemos, ¿qué será cuando llegue nuestra hora?» La hora gloriosa es aquella en que muere Jesús. Mañana Meditación: Fiesta de los Dolores Gloriosos de la Virgen veremos la gloria de esa hora.

¡Cuántos dolores cuesta el alumbramiento!, pero ¡qué gozo es tener un hijo! También María ha sufrido mucho para ser nuestra Madre y mañana cantaremos sus dolores gloriosos, se cantan, no se lamentan.

Yo quiero ver en esta posición de María, tres cosas:

Primera: María estaba allí, donde tenía que estar, junto al hijo, junto a la cruz. Allí tenía que estar y allí estaba como clavada también ella.

Que estemos donde tengamos que estar; siempre pensamos que allí seríamos mejores, allí mejor que aquí. Vamos siempre buscando razones para huir de nuestra obligación. Clávate en tu empresa, en tu hermandad, en tu casa y cumple con tu obligación.

Segunda: La madre es siempre una heroína y por eso acepta y aguanta el dolor maternal. Nadie en la vida sufre tanto como una madre. La madre tiene más capacidad de sufrimiento. María está allí agotando su capacidad de dolor casi infinita. Los discípulos se han escapado porque les da miedo; están comentando en casa, no aguantando el chaparrón, pero María estaba allí. ¿Y cuál fue el premio a esta heroicidad? La proclamación oficial de su maternidad espiritual. «Ahí tienes a tu Madre». Los hombres serán todos hijos tuyos. Cuántos hijos y cuánta gloria en tus hijos, porque por ellos sufriste. ¡Pero nosotros cuánto la hacemos sufrir aún! Cuando es malo un hijo la madre se calla, lo aguanta y disculpa. También María nos disculpa delante de Dios y cuantos se salvan por la intercesión de María. Ella cumple su misión y se clava en su sitio y Dios la premia con una fecunda maternidad, haciendo fecunda su obra.

Tercera: Dios acepta el sufrimiento moral y lo devuelve en fecundidad apostólica. Como fruto de esta actitud escucharéis a Dios. María escucha y acepta aquella función maternal. La fe es un don de Dios, es oir a Dios hablando a todos, en todas partes, escuchándole en todos los episodios de la vida, por pequeños e imperceptibles que sean. Hemos de escuchar, recoger y asimilar.

«Me clavaré en mi puesto y desde allí escucharé lo que Jesús quiera hablarme ».